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EL TANGO DE EDIPO
Mario Rojas

Prólogo
Pablo Figueroa



Tengo la maldita tendencia a vivir presentándome a los demás como un gran decadente y un mediocre. Como si aquello fuera muy meritorio. Puede ser una deformación valórica de juventud, algo así. Quien sabe.
Es como si ser “perdedor asumido” fuera mejor que ser un aspirante a ganador sin talento.
Experto en deslizar socialmente que el reconocimiento público me da lo mismo, que no soy vanidoso ni me creo mucho el cuento, que la cosa “va por otro lado”. O que he logrado apenas dos o tres cosas pero que no me aflijo, chileno tranquilo, sencillito no má. Buen tipo. ¡No me soporto, soy un asco!
Soy desordenado, bastante flojo, poco audaz... No sé si “decadente”. Aunque con el tiempo he convencido a varios que sí lo soy.
Qué insólito, pronuncio aquello casi con orgullo. Como si ser decadente diera algún tipo de estatus.
Para completar mi auto traición, entre dudas y decepciones he ido constatando que en realidad soy apenas un pobre mediocre. Pobre, porque no me da para mediocre propiamente. Claro, y es que mi mediocridad en definitiva es pose, porque si bien es cierto que soy bastante mediocre, no soy el gran mediocre que pretendo ser. Es decir, soy un mediocre bastante mediocre, lo que a fin de cuentas es lo peor que le puede pasar a un mediocre.
Para muestra un botón, detrás de este ridículo despliegue de autocompasión seguramente subyace la idea de mostrarme como alguien relajado y honesto, que va de artista por la vida, metiéndose con temas profundos, que en cualquier momento se va a poner a asociar su realidad con la decadencia de occidente, o algo parecido. Y no es así –ni siquiera-, en mi vida lo verdaderamente profundo no existe. La vida doméstica es lo mío: me paso ordenando la cocina, regando el jardín, sacudiendo los libros con un plumero, bueno, y fumando marihuana. Tal vez los únicos momentos en los que alcanzo ciertas profundidades reflexivas es después de un buen canuto. Con los años, cada vez más brumosas reflexiones, eso sí.
¿Para qué escribes estas cosas? me dijo un amigo que escribe bien, y yo admiro. En vez de preguntarme qué quiero decir o discrepar en algún punto. No, simplemente: ¿para qué escribes estas cosas? Es una pregunta que contiene una opinión, me parece a mí.
Me dio vergüenza preguntarle qué quería decir. Es decir, me dio terror que me pudiera a herir profundamente. Sólo me deprimí. Claro, la tenaz, la fiel compañera de ruta, la putísima y siempre renovada depresión.
Pude haberme refugiado en el perdedor asumido y sobrellevarlo cómodamente: “tienes razón, algún día voy a parar, es simplemente el ocio que a uno lo hace botarse a artista...”; o haber citado a algún referente, dejar sentado que relatar la propia vida es un acto que siempre vale la pena, apabullarlo con citas, informarlo, convencerlo que no estoy loco, ni tan solo, que tal vez pertenezco a una “corriente”; pude simplemente haberlo mandado a freír monos, demolerlo con mi discurso resentido: “mira, hay tipos que escriben huevadas más insensatas y menos artísticas, en forma compulsiva, sin parar, y la gente los mira como grandes profetas. Claro, porque han ido a buenos colegios, y mejores universidades, les heredaron un par de casas cómodas y desde niños los hicieron sentir que cada cosa que hacían o decían era muy importante para la humanidad, algo propio de un genio... ¡No es mi caso, naturalmente, entiendes! Nadie supo interpretarme, todo es culpa de la puta sociedad en que vivimos y la falta de oportunidades...”
No, por suerte no me fui en ésa.
Porque, se me olvidaba, también soy un resentido social, ese papel me acomoda bastante bien. Más aún, creo que cuando escribo desde esa mirada, brillo con luz propia.
Por último, nunca termino de manera definitiva nada de lo que comienzo, no sé como cerrar un capítulo y quedar satisfecho. Este prólogo no es la excepción, y la historia que aquí se relata menos. Seguramente los corregiré mientras viva... perdón, mientras pueda... es decir... (¿qué querré decir?)