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NOSOTROS SOMOS LA COORDINADORA

A manera de prólogo
Raquel Gutiérrez Aguilar

I.
En aquel abril de 2000, brillante y recordado, nosotros hicimos la Guerra del Agua. La comenzamos el noviembre anterior, cuando a partir de acuerdos claros, confianza recíproca, diálogo franco, horizontalidad e indignación convertida en ánimo esperanzado de no admitir un paso más en el brutal saqueo que veníamos padeciendo, un 12 de noviembre de 1999 fundamos la Coordinadora de Defensa del Agua y de la Vida. Sí, la querida, la vigorosa y recordada Coordinadora.
Entre todos, poniendo en juego lo mejor de nosotros mismos, nutriéndonos en común con el empuje de todos, consolidamos la Coordinadora durante las batallas de enero, cuando vencimos el miedo y recuperamos la confianza en nosotros mismos, como bien decía entonces Oscar Olivera. La hicimos madurar en la ya legendaria “Toma de Cochabamba” de principios de febrero de 2000, cuando dimos la primera de las muchas batallas civiles que seguirían; y la incorporamos a la dura y perseverante historia del pueblo boliviano en abril, en aquel abril de 2000, rebelde y preñado de futuro, cuando a partir únicamente de nuestra propia fuerza, valiéndonos de nuestra capacidad de tomar acuerdos y cumplirlos, impulsándonos en nuestra convicción más íntima de la necesidad de imponer un límite al mal gobierno... obtuvimos aquel triunfo contundente: la empresa Bechtel se marchó, sus socios menores se dispersaron y en la pavorosa Ley de Aguas que habían impuesto se borraron las disposiciones más negativas para nosotros y, en general, todo aquel cuerpo legal comenzó a ser reformado.
Un 9 de abril entramos a SEMAPA, derrotando a la policía del gobierno de Bánzer, después de velar a Víctor Hugo Daza. Apoyándonos en cientos de puntos de bloqueo en la zona urbana y en los valles, expulsamos de nuestro suelo, de manera contundente, a una de las más rapaces corporaciones transnacionales que existen. Echamos a andar en aquel año el camino de nuestra propia autoemancipación.
Emanciparse, según el sentido más clásico de la palabra, significa “quitarse de encima la mano del amo”. Eso hicimos entre todos entonces, organizados en la Coordinadora: comenzamos a quitarnos de encima el yugo del capital transnacional, rompimos el destino de despojo y miseria que unos cuantos poderosos habían diseñado para imponernos como única realidad posible y aprendimos, al hacerlo, que éramos capaces de dirigirnos a nosotros mismos, vislumbramos que podíamos modificar el sentido de lo que se entiende por política, recuperando para nosotros mismos, en común, en Asamblea, en el diálogo cara a cara, la decisión sobre las cuestiones más importantes que a todos incumben: la decisión sobre los asuntos públicos dejaron entonces de ser ocupación y tarea de expertos y políticos y en común, recuperamos la voz, la palabra y la decisión. En aquellos días nos erguimos sobre nuestras dos piernas, nos miramos a los ojos entre todos, deliberamos una y otra vez sobre lo que era conveniente, llegamos a acuerdos y los ejecutamos. Esa fue nuestra fuerza, esa puede volver a ser nuestra fuerza. Nosotros fuimos la Coordinadora. Nosotros somos la Coordinadora.

II.
Recordar aquellos momentos hoy, en 2008, vale mucho la pena porque estamos en una época incierta, porque las cosas se presentan confusas y caóticas y porque el recuerdo de lo que hemos logrado siempre sirve de impulso y estímulo para volver a pensar sobre aquello que podemos conseguir. Ocho años después, con “el inalienable derecho al agua” inscrito en la probable nueva constitución, pero en medio de la doble amenaza que constituye un gobierno torpe y más bien débil y una derecha envalentonada, llena del más obscuro revanchismo, pagada por los mismos intereses a los que nuestras dignas acciones de lucha pusieron límites; conviene recordar nuestros más enérgicos relámpagos de fuerza, de lucha y decisión.
Es así que la publicación de Nosotros somos la COORDINADORA, en español, como un compendio de lo que hicimos que nos permite recordar de qué fuimos capaces, resulta como una bocanada de aire fresco en medio del desconcierto, el desencanto y la tristeza que ha comenzado a germinar en muchos de nosotros. Dos cosas fundamentales hicimos a partir de 2000: por un lado, comenzamos a quebrar el poder transnacional sobre Bolivia, recuperando los bienes comunes para beneficio nuestro. Más tarde, en 2003, los hermanos y hermanas del Altiplano y la ciudad de El Alto tomaron la antorcha que nosotros encendimos en Cochabamba y defendieron el gas con sus vidas y sus cuerpos. En la larga lucha por recuperar lo saqueado, por disponer nosotros mismos de lo que hay en nuestros territorios, nosotros, en Cochabamba, con la Guerra del Agua, fuimos pioneros. Fuimos iluminación, pero no mando. Eso quisimos, eso fuimos.
Por otro lado, cuando nos organizamos dentro de la Coordinadora y recuperamos, aquel 2000 y durante los siguientes años... la capacidad de intervenir directamente en los asuntos públicos que a todos competen, nosotros inauguramos un nuevo sentido de politización posible... comenzamos entonces, con nuestras acciones y esfuerzos a dar un nuevo sentido al devaluado término “política”: la política, por aquel entonces, dejó de ser “el modo cómo unos cuantos gobiernan al conjunto” -y la discusión sobre si lo hacen mal o bien está en un segundo nivel-; para comenzar a ser “el arte de autoregular la convivencia común, de dialogar, confrontar, decidir y ejecutar”.
Ese aire vivimos en Cochabamba durante todo el 2000 y los años siguientes: habiendo recuperado la confianza en nosotros mismos, la certeza en nuestra capacidad de ponernos de acuerdo y tomar nuestras propias decisiones, contribuimos a dotar de un nuevo sentido a la vida política en Bolivia; abrimos una ventana por donde fluyó toda la fuerza social capturada por el pesado andamiaje partidario liberal de la democracia procedimental, basada en innobles pactos entre élites, brutalmente racista y señorial.
Después de abril y de las batallas en la Guerra del Agua, nosotros contribuimos como nadie a la democratización auténtica de nuestra sociedad pues comenzamos a fisurar los rígidos mecanismos de la representación delegada donde no se “manda obedeciendo”. Comenzamos a hacer colapsar el viejo sentido común de lo político donde los líderes pueden “mandarse solos”... construimos un espacio para la deliberación horizontal y para que los voceros y cabezas tuvieran claro qué debían hacer y qué cosas eran inadmisibles. Este otro elemento de lo que logramos en aquellas batallas de 2000 hoy aparece opaco, enredado en diversos torrentes de palabras y discursos que no hacen sentido, que desorientan y confunden. Sin embargo, vale la pena recordarlo: construir por nosotros mismos la capacidad de intervenir en lo que a todos nos compete fue nuestro propio logro. Hoy, más bien, es nuevamente un desafío.
Nosotros somos la COORDINADORA. Nosotros, justamente nosotros, hicimos todo lo que se cuenta en estas páginas.
Nosotros fuimos todo eso y podemos volver a hacerlo, podemos volver a ser fuerza y creatividad, energía y decisión que encauce nuevamente lo logrado, que detenga las amenazas, que frene las distorsiones. Nosotros fuimos capaces ayer de tanto... nosotros mismos hoy, podemos volver a decidir los mejores caminos por donde caminar.