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MEMORIAS PARA OLVIDAR

La Poesía de todos los días

Prólogo a la edición española
Luis Sepúlveda
Director del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón


«La décima» es tal vez la forma de poetizar más popular en los países del Cono Sur de América Latina, y su métrica es el sustento del arte de los «payadores», poetas populares itinerantes que, desde los tiempos coloniales, viajaban por los amplios espacios rurales y las incipientes ciudades dando a conocer los problemas de todos, las contradicciones sociales, y la disposición humana para superarlas.
El payador cumplía con las funciones asignadas al cronista épico en otras latitudes: «pido permiso señores / aunque no soy convidado / pero en mis pagos un asado / no es de naiden y es de todos / voy a cantar a mi modo ...»
El arte de la «Paya», del versear sobre temas que tocan la sensibilidad, que la reflejan e interpretan pues se trata de la síntesis de esa misma sensibilidad, fue y es la forma de literatura oral más viva de Argentina, Uruguay y Chile.
Un payador, con sus décimas entrega su punto de vista, su visión de las cosas y las pone a consideración de los auditores. Rasgueando la guitarra imprescindible que acompañará el ritmo de sus versos, anuncia que payará, o «a lo humano», es decir que se referirá esencialmente a lo terrenal, a lo que estrictamente atañe a la vida y problemas, siempre sociales de los protagonista de su paya, o «a lo divino», es decir con referencias a la religiosidad popular cuyas citas profundizarán o harán más fuerte el significado metafórico del versear.
La paya, el payador, el payar, es herencia directa del arte de los trovadores medievales, de la primigenia forma de comunicación de masas de las culturas greco latinas, y de la costumbre de la transmisión oral del conocimiento tan cara a las culturas americanas precolombinas. Y no se trata de una manifestación artística unidireccional, sino de un fascinante juego de retroalimentación, pues los versos crecen, se alimentan, se hacen más profundos luego de la respuesta de los auditores, o de otros payadores que las heredan y reinterpretan.
La historia rural de América está llena de encuentros entre payadores como el chileno Javier de la Rosa, un terrateniente de cultísimo versear, y el mulato Taguada, un uruguayo de recia e implacable métrica campesina. Se sabe que alguna vez, a comienzos del siglo veinte, los dos poetas coincidieron en un duelo, payaron primero a lo humano, luego a lo divino, y la apuesta era la vida del perdedor. Un jurado implacable controlaba la perfección de las décimas y, al final, don Javier de la Rosa reconoció la superioridad de su oponente. Siguiendo la tradición rompió en dos la guitarra -nunca más se vuelve a payar con la misma guitarra que acompañó un duelo de payadores- y a continuación se suicidó; «¿no cantó el payador a lo divino / y a lo humano se ahorcó con cuerdas de guitarra?», dice el poeta Fernando Alegría refiriéndose a la histórica paya en su poema «Viva Chile Mierda».
Precisamente a esa escuela y a esa tradición pertenece Manuel Paredes Parod, poeta popular de Santiago, con cuyas décimas de impecable métrica, más que técnica; emocional, sustantivamente épica y justiciera.
Manuel Paredes Parod conoció la cárcel, la tortura, vio morir a muchos de sus compañeros, y decidió cantar la saga de los perdedores para componer la gran canción de la memoria colectiva de un país que fue obligado a aceptar la amnesia como razón de estado, el olvido forzado del dolor como garantía de mercado.
El Salón del Libro Iberoamericano de Gijón se complace, en esta su VI edición, dedicada a Chile, de publicar en Asturias, en España, en Europa, estas décimas escritas por un poeta popular que derrotó al silencio.