quimantu  
  quimantu INICIO  

DISPERSAR EL PODER

Prólogo a la edición chilena
Raúl Zibechi
Montevideo, noviembre de 2006

Desde que este trabajo fue publicado por primera vez, hace poco menos de un año, se han producido cambios importantes en el escenario boliviano. Básicamente, el débil Estado nacional se ha fortalecido en tanto los movimientos sociales conocen nuevas divisiones y han producido escasas movilizaciones, en comparación con el período anterior. El gobierno de Evo Morales goza de amplia legitimidad, a diferencia de los gobernantes neoliberales que naufragaban en la hostilidad generalizada de la población al poco tiempo de asumir. Todo indica que las intensas movilizaciones sociales que se registraron el período que va desde la “Guerra del Agua” de Cochabamba, en abril de 2000, hasta las jornadas de abril y mayo de 2005, abrieron un nueva era en el país más pobre de Sudamérica.
Pese a estos cambios y a la nueva situación que atraviesan los movimientos, la experiencia del ciclo de protestas 2000-2005 mantiene intactas sus características y potencialidades de cambio social que motivaron la investigación que dio pie a este libro. Para la edición chilena quisiera agregar algunas reflexiones. En primer lugar, que el concepto mismo de “movimiento social”, tal como ha sido acuñado por la sociología europea y estadounidense, debe ser revisado a la luz de las experiencias de los movimientos latinoamericanos y, muy en particular, de los movimientos bolivianos. En efecto, las teorías sobre la “movilización de recursos”, acerca de la “estructura de las oportunidades políticas” o las “identidades colectivas”, entre otras, elaboradas por diferentes corrientes sociológicas para dar cuenta de las características de los “nuevos movimientos sociales”, no parecen suficientes para explicar lo que sucede en América Latina.
En realidad, estamos ante sociedades en movimiento, o sea, la movilización del conjunto de relaciones sociales que componen una sociedad determinada; no sectores de la sociedad sino sociedades distintas, diferentes de la sociedad dominante, conformadas por relaciones sociales que no se reconocen en las relaciones capitalistas. Quienes estamos comprometidos con la causa de la emancipación y de los movimientos sociales, necesitamos promover reflexiones, análisis y formulaciones teóricas que reconozcan y aborden estas “sociedades otras”, que las ciencias sociales del sistema tienen dificultad para visibilizar. Pero, por sobre todo, estamos necesitados de pensamientos e ideas anclados en esas sociedades diferentes, no sólo comprometidos con ellas sino formando parte de ellas. En suma, estamos ante el deber ético de potenciar los pensamientos que los “otros” están siendo capaces de producir en sus propios territorios, lejos de los espacios controlados por las clases dominantes. Esta tarea está vinculada a la necesaria descolonización del pensamiento crítico, para liberarlo de su carga eurocéntrica, masculina, blanca, cientificista y con pretensiones de objetividad.
En segundo lugar, todo indica que los movimientos de viejo tipo, que ponen en el centro demandas a los estados y que se organizan de modo centralizado con jerarquías, han dejado de ser los más dinámicos y los portadores del cambio social. En su lugar, los movimientos de los “sin” (sin techo, sin tierra, sin derechos, sin trabajo...), o sea los movimientos de los que perdieron con el neoliberalismo, ocupan el centro del escenario social y son los responsables de la nueva relación de fuerzas que atraviesa el continente, desde la comuna de Oaxaca, México, hasta la fábrica recuperada Zanón, en la Patagonia. Tengo la impresión que el movimiento de los “pingüinos” se inscribe en esta nueva oleada que recorre el continente y, quizá con el tiempo, la intensa movilización estudiantil de 2006 represente un parteaguas en la historia de los movimientos sociales chilenos. La participación directa sin la mediación de representantes, la horizontalidad de los espacios organizativos y de coordinación, y la capacidad de tejer fuertes vínculos cara a cara, más cercanos a las relaciones comunitarias que a las asociativas, parecen estar siendo las formas como se expresa y expande la potencia emancipatoria que, como siempre, nace en los márgenes de la institucionalidad.
Para quienes luchan de este modo, intentando no reproducir el Estado en el seno de sus organizaciones y movimientos, la experiencia de los aymaras de El Alto y de las áreas rurales del Altiplano boliviano puede ser motivo de inspiración y de esperanza. Las juntas vecinales de El Alto y las comunidades rurales aymaras, así como otros movimientos del campo y las ciudades, han conseguido deslegitimar el modelo neoliberal, al que infligieron serias derrotas, y derribaron dos gobiernos en cinco años. Todo ello sin instaurar direcciones centralizadas que siempre se colocan por encima de la gente, reproduciendo la relación mando-obediencia que caracteriza a las sociedades de dominación. Tampoco apelaron a las tradiciones vanguardistas que practican aún buena parte de las izquierdas antisistémicas. Fueron las bases organizadas en modos comunitarias, las que protagonizaron el ciclo de protesta boliviano.
Es cierto que cuando las aguas se aquietan, cuando la intensidad de la movilización se evapora dejando paso al retorno a la vida cotidiana, las inercias vuelven a imponerse y todo lo creado -parafraseando a Marx- parece disolverse en el aire. Sin embargo, ninguna experiencia social pasa sin dejar huella, si en ella se ha desplegado la potencia de la creatividad colectiva, si se ha sido capaz de ir más allá de lo establecido, si se han ensayado nuevas formas de hacer y de relacionarse. En esta nueva etapa de los movimientos, lo decisivo no son las reivindicaciones conseguidas sino la capacidad de crear espacios y territorios fuera del control de los poderosos (desde las clases dominantes y los medios hasta los partidos de izquierda, las iglesias y los sindicatos) en los que practicar la autonomía.
En suma, no se trata de realizar un programa sino de experimentar nuevas formas de vivir y de hacer. A menudo, estas formas de vida -que son simultáneamente formas de resistencia al modelo- sólo pueden mantenerse en el tiempo si se consolidan los espacios autónomos donde nacieron, en los que la lógica del sistema puede ser invertida. Cuando esos espacios se convierten en territorios, o sea porciones de la sociedad en las que sus miembros desarrollan toda la vida cotidiana (desde el trabajo hasta la salud, la educación y el ocio), aparecen las condiciones para lanzar desafíos más profundos al régimen dominante. En sentido estricto, ya no son clases o sectores sociales los que se enfrentan al capitalismo, sino sociedades otras, diferentes, que nacieron en el seno de una sociedad que agoniza; la expansión de esas sociedades diferentes es lo que crea las condiciones para un cambio social radical, un pachakutik, la inversión del mundo. Estas son algunas enseñanzas de las luchas de los pueblos que habitan Bolivia.