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De Andrei Chikatilo al sicópata de Alto Hospicio - Comentario de Leonardo Robles

La primera vez que escuché hablar del sicópata Andrei Chikatilo -más conocido como “el carnicero de Rostov”-, fue por un compañero de universidad que cada cierto tiempo escribía en fanzines o en revistas que sólo alcanzaron el segundo número, fichas sobre sus asesinos seriales favoritos. Lo hacía con el total desparpajo que permiten las publicaciones amateurs y era uno de sus temas de conversación predilectos. Se notaba el placer que le producía hablar de ello. Cierta tarde, me narró con lujo de detalles todo lo concerniente a las sádicas torturas que John Wayne Gacy -alias “Pogo, el payaso asesino”- les aplicaba a sus víctimas; o sobre como Ed Gein se travestía con las pieles de las mujeres que violaba y asesinaba.
Todos individuos ejemplares, de activa participación en la vida comunitaria, buenos esposos, emprendedores: ciudadanos modelo que ocultaban una bestia sangrienta tras la fachada de dulzura y buenas maneras con la que solían envolverse. Tal como Julio Silva, el taxista más conocido como el sicópata de Alto Hospicio, autor confeso de catorce femicidios, la mayoría de ellos perpetrados a menores flacas y de larga cabellera negra en la inmensidad del desierto cercano a Iquique.
Si bien es cierto que Silva no puede compararse a los “serial killers” antes mencionados -en el refinamiento de su sadismo, ni en la cantidad de las muertes que perpetró-, resalta su “zona de caza”: los áridos descampados de Alto Hospicio, una de las comunas más miserables de Chile. Razón suficiente para que durante años fueran ignoradas las quejas de los pobladores respecto de las numerosas desapariciones que siguen enlutando el desierto.

Se demostró que a los policías y autoridades les dio lo mismo la ausencia de unas niñas, acostumbradas a convivir con la extrema pobreza, pues en vez de atender las peticiones de los desolados familiares, las estigmatizaron como prostitutas y drogadictas que andarían haciendo de las suyas en Perú.
El caso, saturado de sangre y prejuicios, es uno de los procesos más vergonzosos que han afrontado los detectives nacionales en los últimos años, motivo que sirvió de inspiración para que el escritor y periodista Rodrigo Ramos Bañados, creara la novela “Alto Hospicio” bajo un prisma que pretende mezclar la ficción con los hechos verdaderos. Protagonizado por un periodista que acompaña al sicópata en sus correrías nocturnas arriba de un taxi pirata de color blanco, el libro es narrado tal como si Hunter Thompson (“Los diarios del ron”) hubiese escrito el guión de “Taxi driver”: dos desquiciados vagando por los prostíbulos de una territorio enfermo y fronterizo.
La novela es decadente, lumpen y ambigua moralmente, cosas que le dan fuerza y la proyectan como uno de los trabajos más interesantes y satisfactorios de este corte que hayan aparecido el 2010. También genera algo de confusión el leer sobre los turbulentos hechos de violencia que realmente acontecieron, en la voz de un adicto a la pasta base que participa en calidad de voyeur y cómplice de los mismos.
Quizás le falta más cuerpo a la historia, pero como ejercicio un tanto autobiográfico no deja de ser interesante ver como Ramos transgrede límites con las drogas y la pornografía en nuestra narrativa pacata, acostumbrada a contentarse con tan poco, además de criticar de pasada al periodismo en su calidad de ejercicio espurio, que sólo sirve a los intereses de los grupos económicos más poderosos, en desmedro de los olvidados sectores marginales que en Chile son mayoría.

 
     

 

 

 

 

 

         
todavía hay un chile que se construye a pulso